domingo, 26 de abril de 2009

Un sueño

En primer lugar quiero indicar que hoy no he cumplido un sueño esperado desde hace mucho tiempo, quiero decir que correr y terminar un maratón no ha sido un anhelo que por fin se ha cumplido después de muchos años; de la misma manera que hace dos años tampoco lo era terminar una media maratón o hace tres correr 10 kilómetros. Mis sueños se centraban en otros ámbitos, en otros mundos de nunca jamás y en otrás espectativas.

Siempre me ha gustado correr, recuerdo en mi infancia cuando con 8 o 9 años en mi barrio dabamos vueltas a la manzana con mis amigos de juegos y cronometrábamos los tiempos. Yo siempre prefería las pruebas de fondo a las de velocidad donde destacaba más mi hermano pequeño, cuantas más vueltas mejor, y recuerdo como haciamos cálculos acerca de los kilómetros recorridos, 25 vueltas por 200 metros cada vuelta eran aproximadamente 5 kilómetros. Posteriormente lo dejé un poco de lado, pero siempre destacaba en las pruebas de fondo: en el colegio, en los entrenamientos de baloncesto, etc. Otros deportes ocuparon su lugar y quizás por eso perdí un poco el hábito y las ganas de correr, y quizás eso lo pagué cuando tuve que retomarlo durante el servicio militar. Después de volver de la mili y con el hábito recuperado solía hacer unos cuantos kilómetros los fines de semana, cuando el resto de mis ocupaciones me lo permitían, pero nunca con la intención de participar en carreras populares, incluso algún dia mientras corría por mi cuenta en el parque de la Arganzuela coincidía con la celebración de la carrera de la Melonera y ni siquiera se me ocurría unirme al pelotón de corredores populares o apuntarme a las próximas ediciones.

Cuando mis ocupaciones estudiantiles fueron terminando, su tiempo tenía que ser empleado en otras tareas y ahí fue donde estaban las carreras de los sábados que pasaron a ser las carreras de lunes, miércoles y viernes, pero sin acordarme ni preocuparme por las carreras populares. Las obras de la M-30, que inhabilitaron el Parque de la Arganzuela para mis salidas mañaneras, me obligaron a un cambio de territorio, ese traslado a Valdelatas puede que fuera la puerta para mi primera participación en una carrera popular; mis correrías coincidían con el recorrido del Cross del Rector de la Autónoma y el paso a inscribirme en la misma fue casi inmediato. Recuerdo esa primera carrera y la recuerdo con un sentimiento bastante contradictorio porque sufrí como yo creo que no he sufrido nunca después en una carrera, eran sólo 6.5 kilómetros pero se me hicieron eternos, una cosa era correr a mi ritmo, sin contrincantes, sin compañeros o acompañantes y otra muy distinta verse inmerso en una masa de gente que corre en tu misma dirección y que te impulsa a ir a otro ritmo distinto del tuyo, esa fue mi primera experiencia y mi primera enseñanza. En cada carrera se aprende algo nuevo. Esa fue la primera de una serie de carreras, al principio muy espaciadas en el tiempo, no era una obsesión correr carreras si no sólo correr y encontrarse bien. La segunda participación en el Cross del Rector supuso la reválida, después de la experiencia del año anterior y con la lección bien aprendida, esa carrera fue todo lo contrario, recuerdo como en la segunda parte sintiéndome fuerte comencé a progresar y adelantar sin parar al resto de corredores llegando a la meta con casi 6 minutos de adelanto con respecto al tiempo del año anterior. Esa sensación de superación, de vencerse asi mismo, de mejorar sobre la tierra sin otro contrincante que uno mismo se fue metiendo en la sangre.

El siguiente paso fue la participación en algún 10.000, hasta que un dia mi amigo Mario me dijo que se iba a presentar a correr la media maratón de Madrid y yo le dije que ni loco la correría, que era mucha distancia para mí y que no me sentía preparado, no quería sufrir tanto. Al año siguiente me lo volvió a comentar, después de muchos entrenamientos mi incapacidad no era tan grande, un atisbo de ilusión brillo en mi mente y por primera vez pensé que podía ser posible, que podía con ello, aunque no sabía con lo que me enfrentaba. Comencé un entrenamiento más exhaustivo, prolongué el kilometraje de mis entrenamientos pero seguía sin verlo realizable al cien por cien. Hasta que por fin llegó el dia, rodeado de Mario, Bernardo y Tomás (que también se estrenaban en estas aventuras) nos encontrabamos una mañana fria de Abril a las 9 de la mañana en las proximidades del estadio Vallehermoso esperando que dieran el pistoletazo inicial y comenzar a correr durante 21 kilómetros, anhelando que nuestras fuerzas fueran suficientes para terminar con éxito la empresa y confiando en llegar a la meta sanos y salvos. Con nuestro amigo Mario como maestro de ceremonias comenzamos a correr, nuestro particular cicerone nos iba guiando y marcando el ritmo para llegar sin complicaciones al final, los kilómetros pasaban machaconamente para los cuatro, aunque Bernar y Tomas acusaron más el esfuerzo mientras que Mario y yo teníamos que animarles y esperarles para que no perdieran la ilusión. Una nueva enseñanza, la amistad y el compañerismo, como uno se sacrifica para que el compañero no abandone y como el otro intenta darlo todo de sí para que no defraudar al acompañante. Recuerdo el dolor de rodillas de los últimos kilómetros pasando por Cuatro Caminos y como nos ibamos acercando a la meta, como entramos en el estadio y como cruzamos la línea de meta agarrados de las manos y con los brazos en alto después de 140 minutos de correr sin parar. Algo increible, si alguien me hubiera dicho un año antes que estaría corriendo sin parar durante más de dos horas no me lo habría creido pero entonces era una realidad. Lo habíamos conseguido y lo había conseguido, un paso más, un nuevo reto logrado. Recuerdo como en ese estado de euforia alguno de los cuatro llegó a comentar que el siguiente paso era el maratón y recuerdo como dije que era algo imposible para mí. Después de sufrir durante 21 kilómetros veía imposible sufrir el doble, pensé que estaba por encima de mis fuerzas físicas y mentales, que el maratón era para superhombres y que se necesitaba mucho para prepararlo, intentarlo y mucho más para conseguirlo. Después de esa media maratón cayó alguna media más y varias carreras de 10.000, en esas distancias me sentía cómodo, lo veía posible y realizable; pero el maratón seguía estando varios escalones por encima de mis posibilidades.

Hasta que por fin el sueño comenzó a fraguarse, el sueño comenzó una mañana de domingo, en abril del año pasado. Esa mañana me levanté y puse la televisión en el preciso momento en el que Chema Martinez entraba en el Retiro y se disponía a ganar el Maratón de Madrid de 2008. Después de cruzar la meta conectaron con una cámara que estaba situada en la plaza de Pirámides y donde se veía pasar a la ingente masa de corredores populares, aún les quedaban unos cinco kilómetros pero la entrega de cada uno de ellos era admirable. Las conexiones continuaron por otros puntos del recorrido, en todos ellos se veían las mismas imágenes, los corredores dándolo todo, el público animando sin parar y las emociones y sentimientos por las nubes. Se notaba ese tipo de emoción que contagia, que se transmite de unos a otros, del corredor al público y en sentido contrario del público al corredor. Era tanta la emoción que transpasaba la propia televisión, me llegaba y se apoderaba de mí. La siguiente conexión con la línea de meta, los corredores populares llegaban ya en masa, uno con sus niños, otros con sus amigos, otros con sus recuerdos, todos con la emoción a flor de piel, todos con la alegría en la cara y sin muestras de dolor o de sufrimiento. Los sentimientos rebosaban, la felicidad reinaba, la satisfacción era máxima, el recocijo común, la exaltación única, el júbilo eterno. Fue en ese preciso momento cuando nació el sueño, cuando me dije que yo también quería vivir esas emociones y esos sentimientos, yo también quería formar parte de ese placer, de comunidad de afectos. La decisión estaba tomada, dentro de un año intentaría entrar en el Retiro después de recorrer 42 kilometros y levantar los brazos en la línea de meta.

A los pocos dias hablando con Mario y Bernar quise compartir con ellos mi sueño, anuncié en público mi meta, y de forma inesperada e increible, como si fuera una epidemia, como una enfermedad contagiosa, como si hubieran visto las mismas imégenes y vivido las mismas sensaciones, ellos me dijeron que también habían decidido lo mismo, que también habían tenido el mismo sueño y que iban a luchar por intentarlo y conseguirlo. Fue el paso que faltaba para que el sueño tuviera unos sólidos pilares en los que sustentarse, ahora si que podría ser conseguido. La conjunción de varios intereses unidos para conseguir un objetivo común, un sueño único haría más fuerte a cada uno de nosotros, podríamos contar con el apoyo y ánimo de los amigos, nadie se sentiría solo, correríamos pegados, sufríamos juntos, soñaríamos lo mismo y conseguiríamos el triunfo unidos. Sabíamos que podíamos contar con el apoyo de los demás, que no nos defraudarían y que tampoco les podíamos defraudar.

De esta forma comenzó la temporada a mediados de Agosto, sabíamos que teníamos que entrenar duro, que no podíamos cesar en el empeño y que había que hacerlo cuanto antes. Los primeros dias fueron duros, costaba volver a la actividad después de las vacaciones, aunque parecía que el dia estaba lejos no podíamos dejar pasar el tiempo. Casi sin entrenamientos comenzaron las carreras para coger la forma y unir aún más nuestra particular comunidad del anillo. En Septiembre cayó la primera media maratón, quizás demasiado pronto y con poco fondo; fue en tierras asturianas después de un fin de semana precioso en lo paisajístico y gastronómico, lleno de hermandad y de confraternidad. En esta primera media de la temporada nos dimos cuenta de que aín nos quedaba mucho por hacer y por pasar, conseguimos terminar bien, a buen ritmo, sin grandes complicaciones pero justos en nuestras fuerzas; habíamos cubierto la mitad de la distancia que deberíamos recorrer pero con la sensación de que no habríamos llegado mucho más lejos, apenas unos pocos kilómetros más. Había que seguir entrenando y coger fondo, mucho más fondo. Los siguientes meses se centraron en eso, fuí aumentando paulatínamente la distancia de los entrenamientos, ya estaba haciendo 10 kilómetros 3 o 4 veces por semana sin grandes complicaciones, alternándolos con alguna que otra carrera de 10.000 metros que corría en compañía de Bernar y Mario, aumentando nuestros lazos, compenetrando nuestros ritmos y aunando nuestros esfuerzos. A finales de Diciembre decidimos que no había vuelta atrás, quemamos nuestras naves y nos lanzamos al vacio, ya no podíamos retroceder, ya habíamos realizado al inscripción, ya estabamos oficialmente apuntados al gran acontecimiento; cuatro meses después tomaríamos la salida de la XXXII edición de la Maratón Popular de Madrid.

De esta forma comenzó el año, habia que intensificar la preparación. A las carreras se unió el gimnasio, tenía que fortalecer las piernas al mismo tiempo que intentar bajar un poco más de peso, todo ello para que las rodillas no acusaran la dureza de tantos kilómetros y que las piernas estuvieran preparadas para el intenso esfuerzo al que ibamos a someterlas. A comienzos de Enero se sucedieron las carreras y para finalizar corrimos la segunda media del año, en Getafe con un perfil suave que no se nos atragantara y que nos permitiera consolidar la carga de trabajo realizado. La experiencia fue muy positiva, en un húmedo dia de invierno, con lluvia y frio, Bernar y yo conseguimos bajar nuestra marca anterior en algo más de 7 minutos y con unas sensaciones positivas, habíamos terminado muy fuertes y con menos sensación de cansacio y agotamiento. Era consciente de que ese dia podría haber seguir corriendo unos cuantos kilómetros más sin ningún problema, había aumentado el límite de mi esfuerzo y cada vez estaba más cerca de la meta final.

A finales de Febrero comenzó una tercera fase, había que aumentar la distancia, hacer entrenamientos más largos, tenía que habituar mi cuerpo a los esfuerzos más prolongados, de manera que a los entrenamientos diarios tenía que unir tiradas medias durante los fines de semana y que mejor forma de hacerlo que apuntarme a algunas medias, alternándolas con salidas de unos 15 kilómetros los domingos. De esta manera corrí, solo o en compañía de Bernar y Mario, las medias de Fuencarral-El Pardo, Fuenlabrada y Calatayud, las dos primeras con resultados contradictorios ya que conseguí bajar mi marca personal pero acabando en una situación bastante delicada, entregando las últimas fuerzas en los kilómetros finales y con la sensación de que no tenía mucho más, que no podía aguantar más, ya ni siquiera kilómetros si no metros, entraba con las fuerzas justas. En Calatayud la situación fue distinta, en esta ocasión corrí con Mario y Bernar, y la verdad es que terminamos de forma apoteósica, conseguimos rebajar en casi tres minutos nuestras marcas, con un buen ritmo desde los instantes iniciales y con una segunda parte de carrera impresionante, progresando en los kilómetros finales, terminando frescos y con muy buenas sensaciones, ese dia si que podríamos haber hecho 8 o 10 kilómetros más; de esa forma volvimos a Madrid con la moral, el orgullo y el amor propio por las nubes.

Y llegamos a la parte final de la preparación, después de una semana de descanso total por tierras andaluzas. Quedaba el último mes y había que prepararlo a conciencia, dejando la última semana para entrenamientos suaves y de recuperación, por lo que había que cargar las piernas, realizar entrenamientos largos y duros, acondicionar el cuerpo para el esfuerzo. Así corrí por tercera vez la Media Maratón de Madrid terminando con las mismas sensaciones que en Fuencarral y en Fuenlabrada, demasiado cansado como para poder continuar, no podía seguir ese ritmo durante 42 kilómetros y puede que ese fuera mi error, que estuviera realizando los entrenamientos de forma equivocada, más para correr medias y bajar mis marcas que para preparar la maratón. Tenía que cambiar de táctica, aún me quedaban tres semanas de entrenamientos por encima de los 15 kilómetros hasta que cierto dia de imprevisto, sin pensarlo ni meditarlo, bajé con la intención de hacer unos cuantos kilómetros como cualquier dia e instantes antes de comenzar decido que se convierta en la tirada larga, en el entrenamiento definitivo para comprobar si estoy preparado o no para el Maratón. Y claro está, pagué la precipitación, corriendo a un ritmo quizás demasiado elevado (5:20 min/km) y sin llevar agua y glucosa para aguantar tanta distancia. Aguanté en condiciones hasta el kilómetro 25, luego medianamente bien los dos siguientes kilómetros, y cuando mi intención era llegar al menos a los 30 kilómetros tuve que dejarlo en el 28 tras aparecer el famoso muro un kilómetro antes. Mis piernas ya no respondían, no podían más, me había vaciado completamente; no tenía una sensación de cansancio fisico total, la respiración estaba más o menos bien pero las piernas no avanzaban, no podía seguir. En un primer momento esta experiencia me desanimó, veía que de esa forma no podía terminar la maratón, que tenía que cambiar la forma de abordar la carrera, y saqué mis conclusiones y enseñanzas. Ese pequeño fracaso se convirtió en una experiencia positiva, ahora tenía claro que tenía que seguir un ritmo un poco más tranquilo (probaría con 5:40) y que era necesario complementar el agua con geles y glucosas para retrasar todo lo posible el cansancio y fatiga muscular. Quedaban 13 dias para el maratón, nunca es tarde si la dicha es buena y los siguientes ensayos corroboraron el plan, corriendo entre 5:35 y 5:40 durante 17 kilómetros sin el menor problema y terminando como una rosa, ese era el ritmo y así podría terminar el maratón.

El domingo era el gran dia, después de algo más de 8 meses de preparación, de recorrer unos 1200 kilómetros en 115 entrenamientos llegaba el dia de calzarse las zapatillas ponerse la camiseta azul celeste de nuestra comunidad, de nuestra hermandad, de nuestro Bocarranas y de nuestros Hijos del Viento y salir a las calles de Madrid a disfrutar de la sensación de participar en la carrera, de saborear cada paso, de recorrer cada kilómetro con la impresión de estar viviendo algo único, con la ambición de llegar al final y vivir en directo lo que sentí por televisión hace un año. El sueño está cumplido, ha sonado el pistoletazo inicial y hemos pasado por debajo del arco de salida, estamos corriendo el Maratón de Madrid, hemos conseguido el objetivo y ahora durante algo más de cuatro horas vamos a disfrutar de ello y celebrarlo con los brazos en alto, cogidos de la mano cruzando la línea de meta en el Retiro, junto a Bernar y Mario, donde nos espera nuestro angel de la guardia llamado Esperanza y donde también tenemos el recuerdo y aliento de nuestros Hijos del Viento y de nuestros Bocarranas. Sueño cumplido, objetivo conseguido.

Y por último lo más importante, la experiencia trascendental, la enseñanza esencial y vital de estos ocho meses, sobre todo y por encima de todo, incluso del hecho de correr y acabar la maratón, es saber que tienes junto a tí a las personas más importantes de tu vida, que te apoyan, te comprenden, te animan, te amparan, te aguantan, te protegen y que te ayudan a conseguir tus objetivos, tus anhelos, tus sueños y tus metas. Gracias Bernar, gracias Mario y gracias Esperanza.














¿Y ahora qué?
. No, no tengo nuevos sueños, no tengo intención de pasarme al Maratón alpino, al IronMan, a los 100 kilómetros, duatlón o triatlón. El objetivo y el sueño es seguir disfrutando de la compañía de Esperanza, de Bernar, de Mario, de los Bocarranas, de los Hijos del viento; seguir corriendo diezmiles y medias maratones, y quien sabe si algún que otro maratón, pero disfrutar de todo ello, de cada cosa que se haga porque uno sabe que lo hace con las personas que más quiere y que esos sentimientos son mútuos y compartidos. Cualquier cosa que se haga con ellos será siempre un sueño. Gracias Bernar, gracias Mario y gracias Esperanza.

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